Primero de Mayo: La lucha pasa por la sindicalización

El año pasado lanzamos nuestro llamamiento Los Servicios Públicos Contraatacan.

Advertíamos que la clase multimillonaria mundial ha lanzado un ataque sin precedentes contra los servicios públicos, las instituciones democráticas y lxs trabajadores. Que ya no se sienten limitados ni ocultan sus intenciones tras complejas teorías económicas o falsas promesas de prosperidad compartida.

Que ya no podemos permitirnos el lujo de elegir si contraatacar o no.

Pero también argumentamos que es posible que se hayan pasado de la raya.

Que la brutalidad de sus ataques y el caos que producen les desenmascararán. Que tenemos una pequeña oportunidad: antes de que consoliden y normalicen esta nueva brutalidad.

Sostuvimos que, para ello, debemos estar preparados y organizados.

Desde entonces, el alcance de esta extralimitación se ha hecho más evidente, y las posibilidades de contraatacar, más potentes. Dos acontecimientos marcan claros puntos de inflexión.

El primero fueron las amenazas de Trump de invadir Groenlandia. Hasta ese momento, los líderes europeos progresistas habían optado por aplacarse y postrarse con la esperanza de que Trump recompensara su acatamiento. Como si ceder ante un poder injusto hubiera servido alguna vez para ganar algo. La imposibilidad de ceder territorio obligó a los líderes europeos a unirse rápidamente y rechazar colectivamente a Trump.

Como viejo organizador, no pude evitar pensar en las similitudes con la primera huelga que dirigí. La mirada de asombrosa sorpresa en los rostros de 25 mujeres de pie en el sendero frente a una clínica de la salud, asustadas pero incólumes. Un poco sorprendidas al darse cuenta por primera vez de su poder colectivo, ya que el jefe se vio obligado a hacer la primera pequeña concesión a las pocas horas de que su unidad se hiciera evidente.

El segundo es el ataque estadounidense e israelí contra Irán. Animado por la muda reacción de los aliados ante el flagrante incumplimiento del derecho internacional en Venezuela – y la impunidad que rodea a los crímenes de guerra televisados a diario por Israel -, Trump se ha sobrepasado claramente. Ha recibido poco apoyo de sus propios aliados y, por el momento, parece cada vez más aislado. El aumento del coste de la vida causado por la guerra ahora está provocando la ira entre la clase trabajadora y produciendo un momento raro y poderoso para conectar y educar – los fascistas no tienen las respuestas al dolor económico que explotaron para ser elegidos – los asuntos internacionales nos impactan a todos – y la solidaridad internacional de la clase trabajadora importa.

En Italia, Meloni se enfrenta a dificultades. En Hungría, la corrupción de Orban fue demasiado para los votantes. Milei está debilitado y depende de intervenciones cada vez más insostenibles de Trump para mantener el apoyo electoral.

En todo el mundo, cada vez está más claro que la soberanía solo puede garantizarse desde dentro y en colaboración con quienes comparten estos valores, no mediante la dependencia de un hegemón global. Esto está abriendo nuevas posibilidades para la solidaridad Norte-Sur, a medida que los gobiernos occidentales alcanzan a sus homólogos del Sur en la comprensión de que la dependencia no es soberanía; y ningún país puede estar seguro en un mundo injusto.

Ahora, el español Pedro Sánchez une fuerzas con la mexicana Claudia Sheinbaum y el colombiano Gustavo Petro para oponerse al intervencionismo estadounidense en América Latina. Y Colombia y Holanda lideran una coalición de países para impulsar la descarbonización.

Como admitió abiertamente el ex banquero de inversiones y actual Primer Ministro canadiense, Mark Carney, en el encuentro de amor neoliberal de Davos: el viejo orden mundial se basaba en una mentira conveniente, y estas contradicciones internas han seguido su curso.

Críticamente, dijo, no hay vuelta atrás. La única cuestión es lo que queda por delante.